Lavarse las manos como Pilatos no detiene las riadas, ni devuelve la vida perdida, ni protege a quienes mañana volverán a mirar al cielo con miedo.
Ese gesto antiguo, tantas veces repetido, sirve para tranquilizar conciencias, pero nunca para salvar vidas ni para impedir que el dolor se vuelva a desbordar.
Atribuir a una sola persona la culpa de una tragedia como la provocada por una DANA puede resultar reconfortante en medio del desconcierto. Simplifica el relato, canaliza la indignación y ofrece una explicación rápida al sufrimiento. Sin embargo, ese alivio es engañoso: no explica la verdad, no repara lo perdido y, sobre todo, no corrige las causas profundas del desastre.
Una DANA no nace en un despacho ni es fruto de una decisión aislada. Su gestación es lenta, a lo largo de años, a veces de generaciones enteras. Aparece cuando se construye donde el agua siempre reclama su paso; cuando se abandonan los cauces; al taponarse barrancos; al posponer las obras necesarias; cuando las advertencias técnicas van al arhivo y la prevención acaba sustituida por la improvisación. La catástrofe irrumpe el día de la tormenta, pero su origen es anterior y colectivo.
Prevención
En este punto la palabra prevención adquiere un valor decisivo. Prevenir no es alarmar ni exagerar, sino cuidar antes de que duela. San Juan Bosco lo entendió con una lucidez extraordinaria hace más de un siglo, al proponer su método preventivo como alternativa al castigo y a la corrección tardía. Para él, educar era estar antes, acompañar, anticiparse al error para que no llegue a producirse; no actuar cuando el daño ya esta hecho, sino crear las condiciones para evitarlo. Resulta llamativo que un pensamiento nacido en el siglo XIX sea hoy una de las respuestas más modernas y eficaces a muchos de nuestros problemas colectivos.
Trasladado a la gestión pública y al cuidado del territorio, el paralelismo resulta evidente.
Gobernar
Gobernar debería ser también un ejercicio preventivo: escuchar a los técnicos antes de la catástrofe, invertir antes del desastre y ordenar el territorio con una mirada a largo plazo, no solo pendiente de la próxima urgencia o del siguiente ciclo político. En muchas ocasiones, las tragedias no se producen por falta de conocimiento, sino por desoir durante años lo ya sabído.
Junto a esta ausencia de prevención aparece otro factor decisivo: el descuido de la naturaleza. La Biblia lo expresa con claridad desde el inicio: «Dios vio todo lo que había hecho, y era muy bueno». La creación no es caótica ni enemiga del ser humano; es un don confiado a su cuidado. El conflicto surge cuando ese encargo se traiciona. El agua no invade, sino que recupera su lugar. Los ríos no castigan, reclaman su cauce. Lo que falla no es la naturaleza, sino una intervención humana que rompe equilibrios, ocupa espacios que no le pertenecen y olvida que no es dueña absoluta, sino administradora responsable.
La tentación de buscar un culpable único es fuerte. Pone rostro al enfado y permite cerrar el relato con rapidez. Pero ese gesto se parece demasiado al de Pilatos: señalar, apartarse y decir “yo no he sido”, mientras la verdad permanece intacta y las preguntas importantes siguen sin respuesta. Aquí la responsabilidad es compartida: de las administraciones que no actuaron cuando debían; de quienes miraron hacia otro lado por comodidad o interés; y también de una sociedad que, en ocasiones, tolera lo que sabe que está mal mientras no le afecta directamente.
Responsabilidad
Aceptar una responsabilidad coral no implica diluirla, sino hacerla fecunda. Supone revisar decisiones, aprender de los errores, escuchar a quienes llevan años advirtiendo y actuar con valentía cuando aún no hay titulares ni cámaras. Es pasar del reproche al compromiso, del ruido a la prevención, de la excusa a la acción sostenida en el tiempo. En el fondo, significa comprender que la verdadera justicia no se agota en señalar culpables, sino en proteger a quienes todavía pueden ser protegidos.
Tras la retirada del agua quedan el barro, el silencio y la memoria. Y es precisamente ahí donde se decide casi todo. Porque sin memoria no hay prevención, y sin prevención solo queda repetir la tragedia.
El agua siempre vuelve a su cauce. La pregunta es si nosotros, como comunidad, aprenderemos por fin a volver al nuestro: el del cuidado, la previsión y la verdad. Solo desde ahí —desde una prevención responsable y un respeto sincero por la creación— se evita que la desgracia vuelva a desbordarnos.




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