Una calle amordazada por la ausencia

Autor: Isidro Lozano
On 29 marzo, 2024

Una calle amordazada por la ausencia.

26 de marzo de 2017

Oculto en la noche, siéntate sobre el silencio (Isaías 47,

Este domingo hemos amanecido con la hora cambiada. Se nos decía que a la dos serían las tres, por lo que íbamos adormir una hora menos.

Esto no se nos decía, lo intuíamos, de una manera especial, los que tenemos que madrugar. Nunca pensé que una noticia tan simple iba a suponer modificaciones tan importantes y profundas.

Déjame que te cuente.

He salido de casa a la misma hora de todos los domingos camino de mi ineludible ocupación. Reloj en mano por aquello de no llegar tarde cuando alguien, que lleva toda la vida esperando, aguarda.

Me sitúo en la calle, como todos los días. Me invade una rara sensación. Observo, contemplo, miro hacia adelante y hacia atrás, a la derecha y a la izquierda.

¡No hay nadie!

Y aquí nadie es ausencia total de viandantes. Camino un poco más lento por falta de competencia y acobardado por esta soledad inesperada.

Una ciudad amordazada por la ausencia

El tráfico participa de esta ausencia: no circulan los coches. La calle, la ciudad se ha quedado vacía, simplemente con un golpe de reloj, impuesto, elegido o deseado.

Hasta los habitantes de la noche, esos que se hacen notar a primeras horas de la mañana, han desaparecido o están ausentes.

Algunos bares, a media luz, se muestran desiertos. Y un silencio desacostumbrado llena el ámbito de calles y bocacalles.

Nuevamente miro con susto y con temor. Oigo mis pasos asustados en la calzada.

La soledad y el silencio son reyes y dueños de este no tan pequeño mundo tan desacostumbrado como idéntico.

Por aquello de agarrarme a algo, abro el paraguas, no porque llueva sino porque tengo la sensación de que con el quitasol en la mano voy acompañado o disimulo algo mi ausencia de compañía.

Una ciudad amordazada por la ausencia

El paraguas bien calado me permite aislarme más, mirar hacia dentro y preguntarme por el motivo de este silencio y de esta inesperada soledad. Debo cruzar la calle para subir hacia mi destino.

El semáforo, por avería o por estar en consonancia con el momento, no emite ninguna señal, está apagado, muerto.

Puedo pasar a mi libre albedrío. Nada exterior me inquieta, los desasosiegos van por dentro. La nueva calle está limpia de personas y perros.

Soy espectador en este caminar única y exclusivamente para mí mismo. Me siento dueño de este mundo que espero, deseo y pido que, poco a poco, se vaya poblando.

Y, sin querer, medito: “No estoy, no estamos hechos para esta soledad angustiosa”.

Sería insoportable vivir siempre así: dueño de todo y con ganas de nada.

Y a la par me viene a la cabeza cómo necesitamos a la gente y cómo el mundo, sin personas, carece de sentido. Hoy mi reflexión, necesitado de compañía, se tiñe de humanidad entrañable.

Que me devuelvan la hora o que la gente circule por la calle, por la ciudad, por la vida.

Esta es mi calle, una calle amordazada por la ausencia.

Isidro Lozano.

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