Noviembre de 2020

Autor: Colaboración
On 30 noviembre, 2020

Noviembre de 2020

A mis hermanos salesianos y a todos los miembros de nuestra Familia Salesiana

«Se cumplían seis meses desde que Savio vivía en el Oratorio cuando se hizo allí una predicación sobre el modo fácil de hacerse santo. Aquella predicación fue para Domingo como una chispa que le inflamó todo el corazón en amor de Dios.

Durante algunos días no dijo nada, pero estaba menos alegre que de ordinario.

Creyendo que eso provenía de algún decaimiento de salud, le pregunté si padecía algún mal.

Al contrario, me respondió. Me siento con el deseo y la necesidad de hacerme santo:

Yo no pensaba poder hacerme santo con tanta facilidad; pero ahora que he entendido que eso se puede efectuar también estando alegre, yo quiero absolutamente hacerme santo.
Dígame pues, como debo vivir para empezar esa empresa».

Así narra Don Bosco, en la biografía que escribió sobre Domingo Savio, ese momento decisivo de su vida en el que aquel muchacho tomó la determinación de vivir para Dios y para los demás.

Un tiempo después de este diálogo con Don Bosco en el que
Domingo le pidió orientación para su vida, fue él el que se convirtió en guía para sus compañeros.

Así, cuando Camilo Gavio llegó al Oratorio y veía jugar a los demás, Savio se hizo el encontradizo y tras intercambiar unas palabras regaló al recién llegado el secreto del ambiente de Valdocco:

Nosotros hacemos consistir la santidad en estar siempre alegres.

Hemos colocado esta frase en tantos carteles que corremos el riesgo de haberla convertido en un eslogan que se dice, que decora las paredes o las estampas, pero sin incidencia en la propia vida.

La alegría es sin duda un elemento característico del espíritu salesiano.

La asociamos a la fiesta, al bullicio del patio, a la diversión, a la
espontaneidad de las relaciones personales.

Resulta fácil hablar de la alegría en días de encuentros multitudinarios o de patios repletos de chavales disfrutando del juego y la compañía.

Pero ahora nos está tocando vivir en un tiempo en el que nos encontramos con múltiples situaciones en las que para nada apetece estar alegres.

Son muchas las incomodidades personales, los desgastes en las relaciones con los otros, las preocupaciones, las inseguridades, los miedos, los hábitos rotos por las exigencias sanitarias, los espacios de soledad que generan un ambiente más propicio para que surja el lamento, la queja o el silencio melancólico que para que se exprese un testimonio alegre de la vida.

Precisamente por esto, hoy más que nunca, nos conviene recordar que para Domingo Savio la alegría fue ante todo estímulo y expresión de santidad.

La alegría salesiana hunde sus raíces en la profundidad de nuestra vida personal.

Sí, nuestra alegría se expresa en esa ascesis de la sonrisa, que es capaz de no privar al otro del regalo de un gesto de esperanza, aunque a uno no le salga de forma espontánea por la situación que está viviendo.

Nuestra alegría será expresión de esa santidad cotidiana que habita en la puerta de al lado, cuando brote de un corazón que se encuentra en paz con Dios, con los demás y con uno mismo.

Cuando a pesar de las dificultades que la vida nos pueda traer, seamos capaces de hacer una lectura creyente de ellas y cerremos
la puerta al lamento, al resentimiento, al derrotismo.
Es la alegría que se expresa en los pequeños detalles y que hace más llevadera la vida.

La alegría que facilita las cosas en lugar de poner «peros» a todo.

La alegría que acompaña la actitud de servicio, la generosidad, la capacidad para relativizar problemas y tender puentes entre las personas.

Y la alegría de una palabra oportuna que desactiva conflictos incipientes, que abre oportunidades de escucha al otro, que disuelve ofensas recibidas, que genera comunión entre las personas.

«Hay momentos duros, tiempos de cruz, pero nada puede destruir la alegría sobrenatural que se adapta y se transforma y siempre permanece al menos como un brote de luz que nace de la certeza personal de ser infinitamente amado, más allá de todo.

Es una seguridad interior, una serenidad esperanzada que brinda
una satisfacción espiritual incomprensible con los parámetros humanos». (GE 125)
Son palabras del papa Francisco en su llamada a la santidad en el mundo actual y que pueden provocar en nosotros un eco similar al que tuvo el sermón de Don Bosco en aquel muchacho frágil de salud que vivía en el Oratorio de Valdocco.

Dios nos sigue llamando a una vida alegre que se convierta en testimonio de santidad.

No dejemos que las palabras pierdan su fuerza por el desgaste que genera su uso.

Respondamos ante los retos que vivimos, con la fortaleza y robustez que nos da el saber de quién nos hemos fiado.

No permitamos que la tristeza, el derrotismo o el lamento formen parte de nuestra vida.

Estamos llamados a iluminar.

A transmitir esperanza.

A ser signos creíbles de esa alegría que no brota de ninguna ilusión, sino de la firme convicción de que Dios nos acompaña para ser sus testigos y nos envía a bendecir, iluminar, sanar, enseñar, acompañar, sonreír, generar esperanza a nuestro alrededor.

Apropiémonos en nuestra vida de aquel diálogo entre Don Bosco y Domingo Savio, para que también nosotros podamos decir a los demás como él lo hizo con Camilo Gavio:

Nosotros hacemos consistir la santidad en estar siempre alegres.

Fernando García Sánchez
Inspector SSM

Noviembre de 2020

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Comentarios

1 Comentario

  1. LUCIANO GARCIA MEDEIROS

    Las buenas noches. es un recurso clásico salesiano, y, según en qué momentos, serán o. Normalmente suelen ser breves -tres o cuatro minutos. Es como un buen pensamiento que se deja al final del día, o por la mañana o al final de la tarde. No tengo nada que objetar en cuanto al contenido de estas Buenas Noches del P. Inspector. Pero sí quisiera destacar la foto principal que acompaña al escrito. La razón de ser de los Salesianos son los JÓVENES. Sin jóvenes no tenemos nada que hacer. La foto expresa alegría, juego, fiesta… Un baño de alegría y juventud que buena falta nos hace.

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