,El obispo fontanero, es como llamaron cariñosamente en una entrevista a don Antonio Valín Valdés, como el mismo recordaba con buen humor.
El pasado 26 de febrero, el Hotel Ciudad de Vigo fue el escenario del Café Vigués, organizado por la Fundación de Vigueses distinguidos. Para la charla-coloquio se invitó al obispo de nuestra diócesis desde 2024, y fue un acierto.
Antes de las cinco y media, don Antonio estaba en el hall del hotel, saludando a unos y otros, con una sonrisa permanente y un trato sencillo y amable que me hizo pensar en la imagen de un apóstol de Jesús, cercano a todos.
El presentador lo describió como un obispo que no se esconde detrás de la mesa de despacho, concediendo audiencias solemnes, sino como alguien que se acerca a cualquier iglesia, casi sin avisar, como un paracaidista, recorriendo todos los rincones, hablando con unos y otros, como una reencarnación del carpintero de Galilea.
Don Antonio, joven obispo de 58 años, comenzó compartiendo su trayectoria. Nombrado por el papa Francisco, se define con humor como “el obispo fontanero”, tal y como escribieron en una entrevista reciente, arreglando cualquier cosa, atendiendo pequeñas necesidades y viviendo, ante todo, la consigna de servir.
Ha vivido experiencias de pastoral urbana en Ferrol y también en la Galicia más profunda, siempre con disponibilidad y cercanía. Su visión de la Iglesia es clara: no puede hacerse sola. Si tuviera que ser obispo yo solo, le diría al Papa: «va a ser que no». Concibe la labor pastoral como un trabajo coral, en el que curas, laicos y voluntarios colaboran. Destacó que la diócesis de Tui-Vigo tiene un potencial enorme, con multitud de grupos y organizaciones, un ambiente dinámico que permite innovar, crear y mejorar constantemente.
El papel de los laicos es participar activamente en decisiones, planificación y organización. La Iglesia debe escuchar y valorar, además de guiar y coordinar con sentido común.
Un tema que surgió a través de las preguntas de los contertulios fue la liturgia y la música. La música no es un adorno, sino una forma de oración y expresión cultural. Cada región tiene sus propias tradiciones y estilos; en Galicia, la gaita acompaña la fe. La pedagogía es fundamental: los símbolos y gestos litúrgicos deben explicarse para que tengan sentido. No solo los niños y jóvenes necesitan formación; muchos adultos han perdido contacto con los ritos y símbolos de la Iglesia y desconocen la riqueza de su significado. Es esencial ser conscientes de lo que hacemos, aunque haya que empezar de cero.
La organización pastoral ocupó buena parte de la charla. Explicó cómo la creación de unidades pastorales permite coordinar varias parroquias, compartir recursos y enriquecer la experiencia de los fieles, especialmente en el ámbito rural, donde la población y el número de curas es limitado. La calidad de la pastoral no depende de los números, sino del entusiasmo y la autenticidad con que las personas viven su fe.
También se refirió a la colaboración con la sociedad y otras organizaciones, religiosas o laicas. Destacó lo importante que es trabajar en red, con ONGs, Cáritas y administraciones, siempre con un objetivo común: el bien de todos. Escuchar, evaluar, adaptarse y aprender de los errores forma parte de esa estrategia, buscando una Iglesia conectada con la vida real de la ciudad y sus ciudadanos.
“Las iglesias deberían ser como cafeterías”. Don Antonio nos invita a todos a participar, colaborar y aportar en una Iglesia viva, coral y siempre abierta a la comunidad.
Al finalizar, con la foto de grupo y compartiendo un café, la cercanía de unos y otros se hizo real. El ambiente creado por nuestro obispo fue un broche que dejó en el corazón un buen sabor, como para repetir si hay ocasión.
Este fue un “corto” con final feliz y buena perspectiva de futuro. Me quedo con la impresión de que “el obispo fontanero”, apunta a buen apóstol.

Me gustó porque habla claro y no parece distante. Cuando dice que la Iglesia no puede hacerse sola, uno siente que cuenta contigo. Eso anima. Necesitamos pastores así, que bajen al barro y no se queden en el despacho.
Me llamó la atención su sencillez. Eso de que las iglesias deberían ser como cafeterías me pareció muy bonito: un lugar donde entrar sin miedo. A veces pensamos que la Iglesia es solo para los “que saben”, y escucharle me hizo sentir que también es mi casa.
Valoro mucho que insistiera en el trabajo en red y en la colaboración con asociaciones y administraciones. Cuando la Iglesia se abre y suma, el impacto social es mucho mayor. Se nota que entiende que hoy nadie puede trabajar aislado.
Lo mejor fue el ambiente. No fue una conferencia rígida, sino un diálogo cercano. Contestó con naturalidad, incluso con humor. Salí con la sensación de que hay proyecto, pero también humildad para corregir lo que haga falta.
El obispo proyecta una imagen coherente con el relato que quiere transmitir: cercanía, servicio y dinamismo pastoral. El apodo de “obispo fontanero” funciona bien comunicativamente: conecta, humaniza y refuerza la idea de una Iglesia práctica y resolutiva en tiempos de cambio.