La historia de la paloma coja

Autor: Isidro Lozano
On 11 marzo, 2024

La historia de la paloma coja.

7 de marzo 2018 

Quién me diera alas de paloma para volar (Salmo 55,7).

Siempre me han impresionado esas personas que, en los parques públicos o en los lugares menos esperados, han conseguido que algunos animales, especialmente palomas, gorriones o aves semejantes, coman en la mano de su reconocido cuidador.

Seguro que es cuestión de tiempo y de paciencia en el intento.

Lo vi por primera vez en Turín hace muchos años. Me sugestionó de tal manera que intenté hacer lo propio en diversas ocasiones.

Tengo la impresión de que aquellos escamados pardales no se fiaban mucho de mí.

Solo, el último día de mi estancia en la ciudad, conseguí que un gorrión se posara en mis manos a picotear un trozo de pan.

Aún siento en la palma de mi maño el calor de sus patas temblorosas y el agradable cosquilleo de sus plumas.

Es como una sensación de desamparo que sobrecoge la mirada, motiva la inquietud y deja el corazón como en el aire. No es fácil que llegue a olvidar esa sensación tan especial, mezcla de confianza y de miedo al mismo tiempo.

La historia de la paloma coja

Años más tarde observé cómo las palomas se posaban en la cabeza y en los hombros de un compañero allá por los prados de la Armunia.  

Aquello tenía más arte y precisaba mucho tiempo de ensayo.  

No es de extrañar porque el portador de estos animales era y es un reconocido artista; pero, por cuestiones higiénicas, era como más peligroso. 

También conocí en Vigo a un buen hombre que arrastraba a todas las palomas de la calle. Este sí que era un espectáculo.  

Nada más abrir la puerta de su casa, surgía un revuelo de aves, que volaban hacia donde él se dirigiera.  

A veces alguna despistada nos confundía, dado el parecido de nuestra estructura corporal, y realizaba conmigo las mismas carantoñas que, por cierto, me resultaban bastante desagradables. 

La historia de la paloma coja
Mi encuentro con la paloma

Hace ya unos meses, en mi habitual paseo, observé una paloma que comía con fruición unas palomitas de maíz que se me cayeron al suelo…

Y lo que son las cosas…, cuando salgo a la calle con la misma ropa de aquel día, una paloma se pone a mi vera pidiendo su ración no sé si de cariño o de palomitas.

No es de extrañar que una paloma busque “sus palomitas”.

El último encuentro tuvo lugar esta mañana. Apostaría que se trata de la misma paloma: el mismo plumaje, el mismo zureo y la misma contextura que la de nuestro fortuito primer encuentro. 

Por eso, mi reflexión de hoy se centra en la memoria de los animales que, potenciada por el cariño y el recuerdo, les lleva a identificar a las personas que, por la razón que sea, han significado algo en sus vidas.

No sé si lo he dicho, pero la paloma de esta mañana, tal vez como yo a causa de los años, cojeaba y sigue cojeando levemente…  

Isidro Lozano.

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Comentarios

1 Comentario

  1. Nerys

    Muy bonita historia me gustó ya que yo le pongo comida a lo gorriones y eyo saben cuando yo llego al patio y todos bajan haciendo fiesta

    Responder

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