De Ribadiso a Santa Irene

Autor: Jesús Muñiz González
On 21 junio, 2023

De Ribadiso a Santa Irene, jueves, 31 de julio de 2008.

Despierto a las seis, pero la cama no me suelta hasta un cuarto de hora más tarde.

Preparo la mochila y luego me ducho. Emprendo la marcha a las siete y cuarto.

El día está gris. En hora y media llego a Arzúa, con parada a desayunar en una cafetería: zumo, té y pan.

Medía hora más tarde emprendo la marcha por las calles de esta villa que da nombre a uno de los quesos más conocidos de la región.

Al poco de abandonar las calles, comienza a llover y tengo que cubrirme con el chubasquero.

La lluvia es menuda, pero insistente y las botas cambian de color al empaparse.

Arrecia la precipitación cuando el camino se interna en una zona de bosque.

No hay donde refugiarse y no hay más remedio que mojarse durante más de una hora.

Ya es mediodía cuando puedo detenerme en un bar. Al fin puedo descansar en un lugar seco.

Los peregrinos llenan el local envuelto en una densa niebla acogedora, como esa que levanta el sol cuando se mezcla con el rocío al amanecer.

Y un pedacito de sol en estos momentos es la oferta de una taza de caldo.

Con el chubasquero colgado en el respaldo de la silla, la mochila apoyada en la pared, casi me derrito de gusto ante la enorme taza de barro que el mesero me ha servido, acompañada un generoso trozo de pan de bolla.

De Ribadiso a Santa Irene

La gente va y viene y las mesas siguen repletas de tazas de caldo y de vino tinto.

Es entrañable reconfortarse y experimentar la realidad del viejo refrán: “al mal tiempo buena cara”, porque levantas la mirada y siempre encuentras una sonrisa y unos ojos que te hablan de que es hermoso compartir.

Esto hacía falta, un buen día de lluvia para empapar bien el cansancio, el esfuerzo y templar el ánimo, cuando falta tan poco para la meta.

Es necesario seguir. La lluvia persiste, aunque ahora es mas fina.

A las dos, en el km. 25 me detengo en un bar que se llama “Casa Verde”.

Un muchacho limpia con una fregona el piso que un grupo de peregrinos dejó embarrado.

De Ribadiso a Santa Irene

Suena una canción de Lorenna Makenny: la dueña es una “fan” de la cantante folk.

Enseguida conversamos. Les prevengo que dentro de poco les llegará un buen grupo, tan mojado barroso como el que se ha ido.

En la barra termina su café una mujer que me llama la atención por su atuendo en este día de lluvia: sandalias de tiras con tacón alto de aguja, falda de vuelo y blusa escotada.

En la mesa de al lado unos ojos glotones devoran con la mirada la ración de queso del país que su boca engulle.

Es gracioso y original el sello que me ponen, la dueña lo dibuja a mano con bolígrafo rojo.

Le doy la dirección de la revista para que pueda leer esta crónica.

Son más de las dos cuando me pongo en marcha hacia mi última parada del día.

A las cuatro de la tarde, me detengo en el primer albergue que encuentro muy cerca de Santa Irene.

Es una casa antigua restaurada. Al entrar, a la derecha está el comedor y sala de estar, muy acogedores.

Pasillo y a la izquierda las duchas, al fondo una gran sala con seis literas.

Solo quedan libres dos de arriba y pregunto si no hay cama, pues solo pensar en subir aquella escalera me marea.

En el piso de arriba hay cuatro camas: ¡Excelente!

Lo único mojado es el chubasquero, las botas y los calcetines. Aunque la gorra, que siempre llevé puesta, está igual de mojada, pero de sudor.

Bajo para ducharme. En el albergue solo hay mujeres. Una me dice que no hay problema y yo le digo riendo que soy muy pudoroso y ella me contesta con una carcajada que no se lo cree.

Después de la ducha, un buen descanso sobre la cama es algo delicioso.

Hay un patio con algo de jardín. Pongo mis botas a secar fuera y tiendo los calcetines. Ahora luce el sol con timidez.

Ha llegado más gente. Entablo una conversación graciosa con un italiano llamado Marco que hace el camino con su suegro.

Viene desde Oviedo, por el camino primitivo me dice. Es simpático.

El tiempo se ha ido en un vuelo y nos avisan para la cena.

En la mesa hay un grupo de chicas que viene de Alicante, una muchacha alta y delgada que habla inglés y francés, pero que no sé de donde es, Marco y su suegro y una peruana pequeñita que se ríe mucho.

El suegro de Marco se llama Renzo y está a mi derecha. El no habla una palabra de español, pero con Marco es fácil entenderse.

Una de las chicas de Alicante, llamada Isabel habla muy animada, como si deseara saberlo todo de todos.

Pregunta si nos ha ocurrido algo mágico y yo pienso que a ella sí le ha ocurrido algo y tiene ganas de contarlo.

Así lo hace. En el camino un señor mayor le pide que le dé un abrazo. Piensa al pronto que es un viejo que quiere aprovecharse y bromea con él, se toma una foto a su lado y se va.

Aún no ha dado diez pasos y piensa que no hay nada malo en un abrazo y vuelve junto al individuo y le da un abrazo.

Enseguida siente el apretón del anciano, que al mismo tiempo le susurra al oído: “ya has cumplido tu promesa”.

Ahora piensa en ello, en que no tiene ninguna promesa que cumplir. Ni se planteó ningún objetivo en el camino, solo acompañar a sus amigas y nada más.

Una de ellas se lesionó y no puede andar, pero las acompaña, utilizando algún medio para trasladarse en las etapas y esperarlos en el albergue.

La conversación es fluida, animada. La noche se hace cálida y amable.

Una de las amigas de Isabel nos cuenta sus experiencias en China, a donde viajó por trabajo.

Isabel se muestra escéptica con la Iglesia, con los ritos.

Al final terminamos hablando de los sacramentos.

Se quedan grabados en mi retina sus ojos, muy abiertos, escuchando.

Son más de las once cuando busco el refugio cálido de la cama para hallar el descanso.

Durante un buen rato, antes de dormir, contemplando el reflejo de la luna en un ventanuco, disfruto de la noche, de sentir sobre mí la sensación placentera que empieza a mitigar todo el cansancio de la jornada.

Es verdaderamente embriagador ese momento que poco a poco me conduce al maravilloso mundo de los sueños.

Jesús

Jesús Muñiz González

Posts relacionados

Comentarios

0 comentarios

Enviar un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *